miércoles, 4 de agosto de 2010

Del poder blando al inteligente: crónica de un concepto (y II)

(...viene de primera parte)

Los avances tecnológicos en telecomunicaciones y su diseminación a lo largo y ancho del planeta habían cambiado profundamente las reglas de las relaciones internacionales. Por un lado, habían facilitado la transferencia de ciencia, tecnología, información e ideas desde los centros a las periferias de poder. Por otro, han impuesto una nueva hegemonía, la cultural, la del “soft power”, un concepto que Nye había empezado a trabajar en 1990, tras el final de la Guerra Fría, pero que cobraba actualidad e intensidad con la nueva situación. Los canales tradicionales de la diplomacia habían dado paso a recursos de información y comunicación ampliamente accesibles a actores no gubernamentales. Por primera vez se enfrentaban 30.000 ONGs frente a 200 estados, organizaciones internacionales y grandes corporaciones multinacionales.

Viandantes de El Cairo (Egipto) siguen un discurso de Obama en una visita oficial

“El poder blando depende de la capacidad de organizar la agenda política de forma que configure las preferencias de otros”, dice Joseph Nye en La paradoja del poder norteamericano (Taurus, 2002). “Si Estados Unidos representa valores que otros quieren imitar, entonces nos costará menos ser líderes”. Es una forma de influencia sobre otros. “Es la capacidad de atraer y actuar”. La comunicación global había redefinido la política en términos diferentes a los que hasta ahora habíamos conocido. La aparición de modelo alternativo de poder, el “soft power” o poder de atracción de los estados, frente al “hard power” o el poder de coerción (militar) y de pagos (dependencia económica) había empezado a notarse. Las tecnologías de la información habían transformado la naturaleza del poder militar, con sistemas de armas basados en el láser y el procesado de información. Los satélites y el proceso de datos habían establecido un poder de la información y disuasión comparables al poder nuclear de la era anterior. Las televisiones de alcance global como CNN, BBC World, Al-Jazeera y Star TV habían incorporado una política de imágenes y una diplomacia pública a lo que era una mera política de poder y diplomacia secreta. La combinación de ONGs y tecnologías interactivas como internet habían dado lugar a una sociedad civil global, y grupos de presión, como Amnistía Internacional o Greenpeace, que actuaban como nuevos actores en las relaciones internacionales.

En todo el mundo se planteó este debate en términos estrictamente dicotómicos. O poder duro o poder blando. Las políticas puestas en marcha por la Administración Bush alimentaron el espejismo de que la nueva política internacional debía optar siempre entre estas dos opciones. Y ahí surgió lo que para muchos eran diferencias insalvables entre la perspectiva europea y la estadounidense. Robert Kagan, considerado por muchos como un adalid del poder duro, escribió de manera provocativa en su influyente ensayo Poder y debilidad (Taurus, 2003) que “si la cultura estratégica de Europa otorga hoy menos valor a la mano dura y el poderío militar que a otros instrumentos de poder blando como la economía y el comercio, ¿no será en parte porque Europa es militarmente débil y económicamente fuerte?”. Para Kagan, la divergencia entre los defensores del poder duro y los que defendían la preeminencia del poder blando procedían de la distinta naturaleza del poder de Estados Unidos y Europa. “El final de la Guerra Fría no redujo la preeminencia del poderío militar y los europeos descubrieron que la pujanza económica no se traducía necesariamente en poder estratégico y geopolítico”. De esta diferente manera de concebir el poder vendría la discrepancia esencial entre Europa y Estados Unidos a lo que constituye una amenaza intolerable a la seguridad internacional y al orden mundial. Esta diferencia cristalizaría en la crisis de Irak de 2003, donde se pondría de manifiesto el desacuerdo de fondo entre Estados Unidos y prácticamente el resto del mundo.

La antipatía causada por aquella decisión ha condicionado sobremanera la defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Hasta tal punto que los últimos años de la Administración Bush estuvieron dedicados a corregir el error de sus primeros años. En especial, a través de una estrategia específica de diplomacia pública impulsada desde la Secretaría de Estado. La voluntariosa Condoleezza Rice se dio cuenta pronto e lo difícil que era remar en un mar oscurecido por falta de credibilidad. La situación se había ido de las manos. La posguerra en Irak distó mucho de lo que parte del Pentágono y el secretario de Defensa Rumsfeld, un hombre formado más en la mentalidad de la Guerra Fría que en la moderna, habían imaginado. Nadie de los pretendidos neoconservadores había propuesto confiarse únicamente al poder duro para defender los intereses estratégicos de Estados Unidos. En el ensayo que hemos mencionado, Kagan reconoce al final que “ganar el apoyo material y moral de amigos y aliados, especialmente en Europa, es incuestionablemente mejor que actuar por cuenta propia frente a la angustia y la hostilidad europeas”. Y Joseph Nye cita en su libro al propio Samuel Huntington, que advierte de las políticas en solitario: “Una sana cooperación con Europa es el antídoto fundamental para la soledad del superpoder estadounidense” (Foreign Affairs, 1999).

En 2006, Joseph Nye terciará en el debate y precisará que el poder blando puede venir de tres recursos: su cultura (atractiva a otros), sus valores políticos y su política exterior (cuando es vista con legitimidad y autoridad moral). No estamos hablando sólo de recursos, sino de los comportamientos que generan. Es decir, que alguien lleve una camiseta de Michael Jordan no quiere decir que Estados Unidos influya sobre él (“Think Again: Soft Power”. Foreign Policy, 2006). Tomar este debate como una elección excluyente de ambos tipos de poder es un error. Hay que tener la habilidad de combinar ambos en lo que Nye bautizará como “smart power” (poder inteligente).

Un ejemplo de este poder sería el ejercido por Occidente durante la Guerra Fría, al utilizar el poder duro para la disuasión y el poder blando para erosionar la fe en el comunismo tras el telón de acero. También hay políticas de poder duro, como el poder económico, que puede ser poder blando, como el caso de la Unión Europea, al atraer a otros países a formar parte de su unión. Y el poder militar puede llegar a convertirse también en un factor de admiración y reconocimiento, como es el caso de las operaciones de paz de las Fuerzas Armadas Españolas, aunque su uso incorrecto acarrea incalculables consecuencias deslegitimadoras, como en el caso de Abu Ghraib.

“Si el país líder tiene un poder blando y se comporta de manera que beneficie a otros, las contracoaliciones eficaces pueden tardar en surgir”. En 2007, el think tank estadounidense Center for Strategic & International Studies (CSIS) lanzó una comisión bipartidista sobre poder inteligente que copresidieron Richard Armitage y Joseph Nye. En el horizonte estaban las nuevas elecciones que darían como resultado un liderazgo nuevo en la Casa Blanca. Las conclusiones ponían de manifiesto el precario estado de la imagen de Estados Unidos en el mundo. “Estados Unidos debe llegar a ser una potencia inteligente a través, una vez más, de la inversión en el bien común ¬–proporcionar cosas que la gente y los gobiernos en todas las partes del mundo quieren pero no pueden obtener en ausencia de un liderazgo estadounidense”. La nueva estrategia significaría actuar en cinco áreas: Alianzas e Instituciones, desarrollo global, diplomacia pública (“acercar a las poblaciones extranjeras depende de construir relaciones a largo plazo y entre la gente, especialmente entre jóvenes”), integración económica, e innovación y tecnología.

En enero de 2009, ante el comité del Senado que debía aprobar su nombramiento, la nueva secretaria de Estado, Hillary Clinton, recogería el guante e hizo un llamamiento para restaurar el liderazgo americano a través del “poder inteligente” (smart power) que mezcla la diplomacia con la defensa. “América no puede resolver la mayoría de los problemas urgentes por su cuenta, y el mundo tampoco puede resolverlos sin América”.

Foto: El Mundo/AP

Una versión de este artículo se publicó en la revista Contrastes, verano 2010.

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