miércoles, 4 de agosto de 2010

Del poder blando al inteligente: crónica de un concepto (I)

Podría parecernos que el concepto de diplomacia pública es algo nuevo, como todos esos nuevos términos que se han venido acuñando desde cayera el Muro de Berlín con el fin de explicarnos, de una forma algo improvisada y provisional, el momento histórico que nos ha tocado vivir. La realidad es que muchos de ellos han permanecido latentes entre las costuras de la Historia para cobrar vida de repente, como si surgieran de la nada, impulsados por los nuevos avances tecnológicos y sociales. A la diplomacia pública le ha ocurrido lo mismo. Su eclosión no significa que la diplomacia tradicional vaya a desaparecer, como se discutía fútilmente en algunos foros especializados hace unos años, sino que las relaciones internacionales no pueden entenderse hoy sin el eco ni la proyección que la imagen de los países ejercen sobre los ciudadanos y dirigentes del resto del mundo. Cuando menos, la diplomacia pública forma parte ineludible del cuadro de toma de decisiones en las estrategias de política exterior.

Cartel que pudo verse en las calles de Berlín anunciando el Plan Marshall

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En realidad, el concepto de diplomacia pública proviene de los años de la Guerra Fría. Surgió como respuesta a la amenaza que la propaganda comunista podía suponer para el bloque occidental en aquel mundo bipolar. En concreto, fue la Ley Smith-Mundt de 1948 la que fundó un compromiso de información, cultura y educación de Estados Unidos hacia el exterior, que hiciera frente a una maquinaria, por aquel entonces, muy conocida en Europa y que había influido en la política de buena parte de los estados europeos durante el periodo de entreguerras.

El año en que se aprobó la ley que consagraría los primeros instrumentos de lo que hoy conocemos como diplomacia pública había sido muy tenso. Comenzó en febrero con la toma del poder por los comunistas checoslovacos, apoyados en el ejército y la policía, y terminó con la expulsión de Yugoslavia del Kominform, la organización que agrupaba a todos los partidos comunistas de todo el mundo. No en vano, el acrónimo es una traducción del ruso de “Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros”. Es decir, un órgano que el año anterior había heredado toda la capacidad organizativa a nivel mundial del Komintern, la Internacional Comunista nacida en 1919 con el fin de extender la revolución bolchevique de 1917 a todos los países capitalistas.

No deja de ser paradójico que este enfrentamiento de ideas germinara dentro del mismo bando que ganó la Segunda Guerra Mundial, pero las suspicacias entre Estados Unidos y la entonces URSS llevaban algunos años fraguándose, y terminaron cristalizando cuando la potencia norteamericana empezó a dejar su tradicional aislacionismo en política exterior y se vio obligado a desempeñar el papel de potencia hegemónica mundial.

Con este nuevo papel, organizaciones como el Kominform no podían pasar desapercibidas, puesto que lo que buscaban era la subversión de los valores que consagraba la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. De alguna manera, los aliados con los que Estados Unidos combatió en la trinchera de Europa eran en realidad los máximos cuestionadores de su sistema político y económico. De aquella libertad que “sólo la defendemos y la reivindicamos para nosotros mismos” propugnada por el secretario de Estado John Quincy Adams en 1821, se había pasado a un estado en que se libraron dos guerras mundiales con ella de por medio y se pusieron las primeras bases del internacionalismo propuesto por el presidente Wilson tras el Tratado de Versalles con la Liga de Naciones. Roosevelt terminó dándose cuenta de que la seguridad de Estados Unidos estaba íntimamente ligada a lo que ocurría en el otro extremo del planeta. Cuanto más globales empiezan a ser tus intereses, más globales son sus amenazas.

De todo este planteamiento, del carácter cambiante de la naturaleza del poder del liderazgo norteamericano, ha sido de donde ha surgido la dicotomía entre poder duro y poder blando. Fue Joseph Nye, decano entonces de la Kennedy School de la Universidad de Harvard, quien habló abiertamente de esta nueva forma de concebir el poder de las naciones en un ensayo que trataba de analizar cómo debía ser el liderazgo de Estados Unidos ante el mundo que se abría tras los atentados de Nueva York y Washington de 2001.

(continuará... segunda parte)

Foto: Wikipedia

Una versión de este artículo se publicó en la revista Contrastes, verano 2010.