domingo, 24 de agosto de 2008

La historia interminable de la Guerra Fría

Así es como muchos de los medios de comunicación occidentales han saludado la nueva crisis en el Cáucaso, esta vez con una nítida confrontación entre Rusia y Georgia por el territorio de Osetia del Sur, actualmente dentro de las fronteras georgianas.

La crisis se mezclaba, el pasado 20 de agosto, con el anuncio del acuerdo entre Polonia y Estados Unidos para establecer en el norte del territorio polaco (Redzikowo) una base de misiles interceptores (Patriot) del escudo antimisiles norteamericano. El acuerdo complementa el alcanzado con la República Checa el 8 de julio para la instalación de una base de radar del escudo en Brdy. El sistema de protección antimisiles se estrenará en abril de 2012 y será un proyecto que heredará el próximo inquilino de la Casa Blanca.

Las conversaciones se aceleraron en las últimas semanas desde la entrada de los tanques rusos en Georgia el pasado 8 de agosto. La realidad es que hace un año, el 55% de los polacos no apoyaba la instalación de la base de misiles, pero hoy la apoya un 63% de la población. Los fantasmas de la Guerra Fría han vuelto al continente porque, tal vez, nunca se fueron del todo. A la vista de todo lo acontecido después, la caída del Muro, que fue percibida y también "vendida" al mundo como una especie de punto y aparte en la Historia, en realidad no es más que un rotundo punto y seguido. Sin la URSS, de acuerdo, pero si tomamos algo de perspectiva, la inestabilidad internacional a causa del terrorismo islámico no se puede explicar sin el proceso de descolonización en Oriente Medio que se desencadenó tras la Segunda Guerra Mundial y su evolución posterior durante la Guerra Fría. O el renovado sentimiento de preeminencia ruso, que no difiere mucho del sentimiento de amenaza que presidió el origen de la política internacional soviética durante aquellos años. Recuerdo a un profesor de Historia en la Universidad donde estudié, que decía: “En la Historia, de verdad, pasan muy pocas cosas nuevas, y las que pasan, ocurren cada mucho tiempo”.

Desde 1942, Polonia ya sabe lo que es una entrada de los tanques rusos en su territorio. A la larga, la pretendida liberación de los nazis fue, en realidad, el cambio de un yugo por otro. El Ejército Rojo esperó a las puertas de Varsovia hasta que los nazis sofocaran la enésima ofensiva del gobierno en el exilio en Londres, liquidando lo que quedaba del maltrecho ejército polaco. Poco podían esperar de aquellos dos países que comenzaron pactando un acuerdo de no agresión mutua y terminaron por enfrentarse en un toma y daca que terminó en la toma de Berlín. Poco después se descubriría que en 1940 los rusos decidieron fusilar a cuatro mil oficiales polacos en el bosque de Katyn. Como parte importante del bando vencedor, Stalin insistiría en que se le concediera un tercio del territorio de Polonia. Pero el germen de la rebelión siempre anidó en las mentes polacas. Stalin lo sabía y acabaría imponiendo un gobierno de corte prosoviético, que se prolongaría hasta comienzos de los noventa.

Lo mismo, de algún modo, ocurrió con la entonces Checoslovaquia, que también ha visto desfilar a los tanques soviéticos por sus calles. El recuerdo permanece nítido y no tienen muchas dudas en saber qué potencia les puede proporcionar seguridad.

Dice José María Ridao en El País, que en realidad, lo ocurrido en Georgia se debe a decisiones y situaciones estrictamente contemporáneas. Sin duda, los responsables políticos rusos, georgianos y occidentales en general son los primeros culpables de la deriva actual de los acontecimientos históricos, pero tengo la sensación de que ninguna de sus decisiones hace tabula rasa con el pasado. No puede, ni debe. Las percepciones mutuas entre los distintos países europeos están condicionadas, sin duda, por casi sesenta años de comunismo. De la misma manera que resulta imposible borrar los años de la dictadura franquista de las mentes de muchos españoles. Hasta Stalin, terminada la guerra mundial, se aseguró de que los gobiernos que limitaban con la URSS compartieran sus mismos objetivos políticos e ideológicos para evitar una nueva sorpresa como el avance alemán en 1941. Y también entonces, siempre miraría al Caúcaso con recelo: “¡No me gusta que nuestra frontera termine ahí!”(citado en Molotov Remembers: Inside Kremlin Politics - Conversaions with Félix Chuev).

Foto: AFP

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