jueves, 20 de diciembre de 2007

UE Lisboa - Un Tratado en la niebla

El pasado 13 de diciembre se firmó en Lisboa el nuevo Tratado que regirá los destinos de la Unión Europea en los próximos años. El día soleado que acompañó la celebración del acontecimiento no acabó de despejar la densa niebla que acabó rodeando su alumbramiento. Tras la fallida Constitución Europea, los 27 estados miembros lograron un acuerdo que recoge gran parte de lo que se proponía en aquel texto, tamizado y escondido tras un Tratado definido por The Economist como “unreadable”.

Desperate to avoid further referendums, EU leaders rushed for the safety of the old ways: cramming the innovations of the constitution into an unreadable treaty, designed for rapid approval by national parliaments.

Mito y realidad se dieron cita en una ceremonia extraña, casi preparada para pasar fugazmente ante la opinión pública; un one-day issue, en el que el nuevo texto se presentó como una fórmula “para una Europa más moderna, eficaz y democrática”, que “incluye un sistema de decisión más ágil y pretende dar a la Unión una personalidad más unitaria de cara al exterior” (El País). La comisaria Margot Walström, encargada de la política de comunicación comunitaria, dejaba claro en su blog tras la CIG de julio, que este Tratado de reforma pretendía ser un paso más en el acercamiento entre las políticas de la UE y las expectativas de sus ciudadanos.

The reform treaty policy innovations - on energy, immigration, climate change and security - are a welcome response to what European citizens expect from the EU. (…) The new treaty will also improve how democracy and transparency work in the EU.

Pero la realidad ha pasado a ser muy distinta. Las diferencias que median entre el mito y la realidad de este nuevo Tratado las ha analizado muy certeramente José María de Areilza (blog), miembro de la Cátedra Jean Monnet y vicedecano de la IE Law School, en un artículo publicado la semana pasada en el diario ABC.

Su redacción a través de un lenguaje oscuro y difícil y las numerosas condiciones, opt-outs, protocolos y declaraciones, todo ello en mayor grado que lo acostumbrado en la UE, se justifica diciendo que versa sobre cuestiones muy técnicas y que la complejidad es uno de los precios que hay que pagar para proseguir con la integración europea. (...)

Los propios negociadores de Lisboa no niegan que el nuevo texto contiene casi todas las novedades de la Constitución europea y que no tiene nada de reforma de mínimos. Tampoco pueden ocultar que la utilización de un lenguaje oscuro es una decisión deliberada para disimular sus contenidos y desincentivar debates públicos y referendos. (...)

Es decir, el Tratado de Lisboa es la Constitución disfrazada y empeorada, como si el precio a pagar por la reforma europea fuese cerrar la caja de Pandora del debate público y volver no sólo al elitismo dominante en el origen del proceso de integración, sino a la diplomacia secreta del siglo XIX.

El proceso que ha hecho posible esta reforma no ha sido, ni mucho menos, ejemplar. El año donde se conmemoraban los 50 años de uno de los inventos políticos más fascinantes de la historia termina con un remedo, una mala factura en sus formas. Desde luego, nada que ver con la democracia y la transparencia que quiere promocionar Wallström.

Así que, en lo que a este Tratado se refiere, la UE ha decidido cambiar la diplomacia pública por la diplomacia secreta, tradicional, de siglos pasados. Se han incorporado mejoras indudables, como la adopción de políticas comunes y de funcionamiento institucional, pero todo en un ambiente nebuloso, destinado sin ambages a cortar un posible debate posterior. Como cuenta Areilza, hasta Valery Giscard D’Estaing, presidente de la Convención Europea, reconocía abiertamente que “sólo ha cambiado el formato para evitar los referendos”.

Las formas, sin duda, acaban afectando a la legitimidad de los proyectos, a su reputación entre la gente que los ha de apoyar y respetar. Y más aún, a la de un proyecto como el de la Unión Europea, con 450 millones de habitantes y 27 países miembros, con un acervo común que ha servido de acicate y ejemplo a países que venían de regímenes dictatoriales como España y más recientemente los países del llamado Bloque del Este europeo. La dificultad de que cada ciudadano europeo reconozca como cercanas y propias a unas instituciones que toman sus decisiones a muchos kilómetros de distancia hace que Europa necesite hacer un esfuerzo adicional por legitimar, por dotar de reputación a sus acciones políticas.

Tratado de Lisboa 2007

Foto: El ministro de Exteriores esloveni, Dimitrij Rupel, en la rueda de prensa para presentar el programa de la Presidencia del Consejo que asume Eslovenia desde el 1 de enero para los próximos seis meses (Reuters).

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