miércoles, 13 de diciembre de 2006

La ejemplaridad de las transiciones

Si hay un país que es consciente del prestigio y admiración internacional que concede una transición a la democracia sin sobresaltos, ése debería ser sin duda España. La transición política siempre ha supuesto un activo diplomático indiscutible, una muestra de nuestra madurez política como país, que nos ha granjeado numerosas simpatías en el plano internacional. Ha formado parte de nuestra diplomacia pública, de nuestra capacidad de atracción como modelo para otros países, como ha ocurrido con el Este europeo. Conocida es la relación con varios de esos países, que tomaron nota y pidieron consejo para prepararse y poder entrar, como nuestro país lo hizo en su día, en la Unión Europea.

La buena noticia es que desde hace años nos ha salido otro competidor. Chile se ha colocado, en este tiempo, en la democracia y la economía más próspera de toda América Latina. Quizá el nivel de bienestar que se aprecia en este país, por contraposición a sus vecinos, ha sido un factor crucial para una evolución política sin sobresaltos dramáticos.

La eventual muerte de Pinochet, sin embargo, planeaba sobre el futuro del país como un momento clave. Existe en Chile una convivencia tácita entre nostálgicos del anterior régimen y demócratas. El deceso del dictador podría volver a exacerbar sentimientos que el día a día de la vida chilena se encarga de apaciguar. Pero que cuando vuelven a la primera línea de la atención pública degeneran en manifestaciones y alborotos callejeros. Ocurrió con la detención en Londres a raíz del auto del juez Garzón en octubre de 1998 y venía ocurriendo con la instrucción de los distintos procesos contra el propio Pinochet y los responsables de los homicidios masivos durante la dictadura.

Así que, cuando el pasado domingo murió el ex dictador en el Hospital Militar de Santiago, el Gobierno y los ciudadanos de Chile volvían a ponerse a prueba. Incinerado ya el cuerpo del general, se puede decir que la han superado. Los chilenos son muy conscientes de lo que tienen entre manos: un bienestar superior con respecto a los países de su entorno y, lo que es más importante, una concepción de país, de nación, de unidad, que una dictadura cruenta no ha podido dinamitar. Este es quizá uno de los factores más sobresalientes de esta transición democrática. Un factor que, desde el primer día, han sabido alimentar y defender todos los responsables políticos chilenos, tuvieran el color político que tuvieran.

La presidenta Bachelet no ha sido menos. Su estrategia ha sido la que Chile ha llevado adelante todos estos años, que podríamos sintetizar en esta frase: todo continúa como si la dictadura no hubiera existido, pero sin olvidar que la dictadura existió. Por lo tanto, este espíritu suponía controlar el orden público en todo momento, establecer los honores que dicta la ley para un ex jefe del ejército, ni más ni menos, y llamar a la unidad y a continuar en la senda del "reencuentro" entre todos los chilenos. Y todo esto, entre la maraña de manifestaciones que llegarían desde numerosas partes del mundo, donde las declaraciones se harían más pensando en el consumo interno que en su posible efecto sobre el pueblo de Chile.

Y así ocurrió. (El País, BBC News, El Periodista Digital). Tan sólo Margaret Beckett, ministra de Exteriores del Reino Unido, tuvo unas palabras que destacaban, por encima del acontecimiento de la muerte del dictador, la consolidación de la democracia en Chile: "Queremos rendir tributo al destacado progreso que Chile ha conseguido en los últimos 15 años como una democracia abierta, estable y próspera".

Sorprende (o quizá no tanto) la insolidaridad de los diversos líderes internacionales con la estrategia de la presidenta Bachelet por intentar mantener unido a su pueblo, sin entrar en consideraciones fáciles que no harían más que complicar la situación, pero dejando claro que es esa conciencia de la historia, de lo que pasó, la que hace a los chilenos más fuertes para abordar el futuro. En medio de las manifestaciones que llegaban de fuera y la situación controlada, pero delicada, en las calles de Santiago, la presidenta se dirigió a la nación, y al resto del mundo también, después de un acto cotidiano de su agenda presidencial, con mensajes como éstos:

La unidad de Chile, la reconciliación de Chile, es el gran honor al que podemos aspirar los que queremos mayor justicia, mayor diálogo y un verdadero reencuentro.

Chile no puede olvidar. Sólo así tendremos una mirada constructiva de nuestro porvenir, garantizando el respeto a los derechos fundamentales de todas y todos los chilenos.

Tengo memoria, creo en la verdad y aspiro a la justicia. Pero, al mismo tiempo, tengo la profunda convicción y la voluntad para superar la adversidad, los momentos amargos e injustos y entender que como en los ciclos personales, también en los ciclos de la historia de una nación, se abren nuevos derroteros, donde lo que aprendimos del pasado nos debe ayudar para enfrentar mejor el presente y el futuro.

Los distintos líderes, cuando toman decisiones, están entregando modelos, fijando prioridades, están ayudando o contribuyendo al tipo de sociedad que estamos construyendo (...) en una sociedad, en un país, cuando no existen leyes o normas previstas para determinadas situaciones, los líderes, los gobernantes tienen que tomar decisiones pensando en todo el país.

En las últimas horas hemos visto gestos de división que no nos gustan, pero sé que tenemos como país, como sociedad, la fortaleza ética para lograr el reencuentro. Esa es la grandeza de un país.

Bachelet le hablaba al ciudadano chileno, pero también le estaba hablando al mundo. Unas palabras que daban la vuelta al globo. Stricto sensu, podemos hablar entonces de una diplomacia pública ejemplar del gobierno chileno con el mundo y práctica ausencia completa de ella en las declaraciones públicas de los diferentes países e instituciones internacionales con Chile.

Una vez incinerado el cuerpo del dictador, ha continuado la misma tónica. La presidenta Bachelet tenía decidido convocar una rueda de prensa, una vez que las exequias hubieran concluido. En ella, volvió a insistir en los mismos mensajes:

Chile, con el esfuerzo de todos, ha consolidado una democracia fuerte, sólida y estable. Los chilenos hemos logrado reencontrarnos. Ha sido nuestro más preciado bien y debemos defenderlo.

Todo lo que el gobierno ha hecho en estos días no era improvisado; estaba pensado con bastante tiempo de anticipación. Fue planificado y decidido con precisión, y hemos tenido éxito en lo que nos propusimos. Más allá de episodios focalizados, el país se mantuvo sin mayores alteraciones de orden público y también en plena normalidad.

La gran mayoría de los chilenos lo que desea es poder vivir en un país con seguridad y orden. Y yo he hecho eso, porque es lo que me corresponde. He actuado con el convencimiento de que mi rol como Presidenta significa mirar por el bien de todos en el país. (...) Por eso mismo ha habido espacio tanto para la expresión del dolor de algunos y de los sentimientos de otros. Se actuó como correspondía.

(La muerte de Pinochet) simboliza la partida de un referente, de un clima en el país, de divisiones, de odio, de violencia. No creo que sea una nueva etapa. Creo que la nueva etapa que ha vivido el país empezó el año 1990, cuando reconquistamos la democracia, cuando iniciamos un proceso de consolidación de las instituciones democráticas en nuestro país y un proceso de reencuentro.

La gran mayoría de los chilenos lo que quiere hoy día es poder seguir construyendo un presente y un futuro donde todos tengan una mejor forma de vivir en ésta, nuestra patria.

Sin embargo, por hablar de la reacción en nuestro país, los medios han decidio obviar el mensaje de unidad de la presidenta chilena y destacar las manifestaciones de división en las calles de Santiago. Por ejemplo, periódicos como El País han seguido hoy la tónica del día anterior (portada impresa del martes, noticia de la rueda de prensa de Bachelet de hoy) y otros, situados en las antípodas del primero, como es el caso de Libertad Digital, sin embargo no le han ido a la zaga.

Una vez concluidas las exequias, el gobierno chileno espera recuperar la normalidad. Sin embargo, un último hecho ha venido a enturbiar algo más el clima social chileno. Las manifestaciones realizadas hoy por el nieto del general, que es capitán del ejército y que se llama y apellida igual que él, ponían en jaque a la normalidad institucional chilena. En la rueda de prensa a la que hemos aludido líneas arriba, la presidenta Bachelet afirmó:

...un oficial, saltándose la línea de mando, sin autorización para hablar, irrumpió expresando opiniones políticas en contra de un poder del Estado y de sectores de la sociedad civil (...) esto constituye una falta gravísima. Estamos seguros que el Ejército sabrá hacer lo que corresponde.

El Ejército no se hizo esperar e hizo público un comunicado que ponía de relieve la gravedad del hecho y dejó en el aire las consecuencias que iba a acarrear al mando en cuestión. Horas más tarde, el Ejército de Chile cursaba la baja del capitán Augusto Pinochet Molina por falta de disciplina muy grave (más información en La Nación).

De momento, la transición chilena está ganando la batalla de la ejemplaridad. Como ha dicho la propia presidenta, con la muerte del dictador no comienza ninguna etapa, pero lo que sí está claro es que, con ella, la democracia en Chile ha dado un paso de gigante hacia su definitiva consolidación. Se vislumbran más nubarrones en el horizonte, con los procesos abiertos en la justicia, pero esta tormenta se ha superado, no sin dificultades, con una admirable madurez política. Va a ser difícil que Chile no se convierta en un referente para países que, en el futuro, transiten de un régimen sin libertades a la democracia. Y más cuando la transición chilena ha conseguido lo que casi ninguna consiguió: iniciar los procesos judiciales contra los responsables de la dictadura cuando éstos aún estaban vivos. Toda una lección de diplomacia pública.

Fotos: AP, Reuters

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